Tras mi experiencia con este tipo de substancias, he llegado a una pequeña conclusión. Las drogas nos muestran una parte de nosotros mismos y de nuestra forma de relacionarnos con la realidad, porque inciden en nuestra percepción relativa. Cada una de ellas incide de un modo distinto, y produce unas alteraciones distintas, por lo que, en cierto modo, cada una de ellas nos muestra una parte de nosotros mismos.

El alcohol adormece de algún modo nuestra mente, ese sistema que vive dentro de nuestro ser y es un mecanismo racional que continuamente juzga, ordena, y piensa sobre lo que ocurre en nuestra realidad. Por eso el alcohol tiene el poder de desinhibir, ya que precisamente lo que nos inhibe es nuestra propia mente; ella es la que juzga que algo es vergonzoso y no se debe hacer porque analiza los pensamientos de los demás y se preocupa continuamente por ello. Así, bajo los efectos del alcohol, decimos muchas más cosas de las que diríamos normalmente, nos reímos de más cosas de las que nos reiríamos normalmente, nos lanzamos a hacer más cosas de las que haríamos normalmente, como dar un abrazo, bailar, lanzar un piropo, entrarle a alguien desconocido, o hacer una tontería que nos divierta. A su vez, también dejamos a un lado las preocupaciones y conflictos, porque la mente gasta nuestro tiempo en preocuparnos por las cosas que han ocurrido en nuestra vida, o que pueden ocurrir, en criticarnos a nosotros mismos, o criticar a los demás. Digamos que las bebidas espirituosas disuelven a ese continuo juez, y nos permite disfrutar durante unas horas de la liberación de su constante presión. Pero ese juez está ahí por algo, nos ayuda sobretodo en situaciones límite a tomar decisiones rápidamente, o a resolver conflictos de lógica, a analizar detalles, etc. Por eso suelen ocurrir más accidentes y desgracias bajo los efectos del alcohol…
Por otro lado tenemos a nuestro amigo cannabis relajante y a la vez psiquedélico. Desde mi experiencia personal, considero que su principal efecto es que relaja todo nuestro ser, nos hace encontrarnos un poco con nosotros mismos y libera nuestra creatividad sutilmente. Por eso, cuando la fumamos, podemos encontrar un poco de esa paz que vive en nuestro ser interno, y nos da un pequeño paseo por los senderos de nuestro subconsciente. Pero a la vez nos confunde, porque altera en cierto modo la barrera entre la conciencia y el subconsciente, y podemos llegar a creer reales cosas que no lo son, y crear conflictos con nosotros mismos y con los demás a partir de ello (paranoia).
Algo parecido, pero mucho más vasto, ocurre con los alucinógenos potentes, como los hongos y plantas enteógenos (psilocibes, peyote, ayahuasca, salvia…) y los de la familia sintética como el LSD o el DOM. Estas substancias nos lanzan de lleno al mar de nuestros planos de conciencia, y navegamos a través de ellos encontrando todo tipo de cosas, desde nuestras preferencias más alegres hasta los miedos más profundamente arraigados en el subconsciente. Nos puede llegar a mostrar también, en cierta manera, nuestra verdadera naturaleza, que vive alojada más profundamente aún, por debajo de todas las capas del condicionamiento humano, esa chispa divina que somos nosotros en esencia y está unida al todo. Por eso, las experiencias con estas substancias son las que tienen el potencial de cambiar en mayor medida nuestra forma de pensar, acercándonos más a nosotros mismos (nuestro verdadero ser). Esto es, a mi forma de ver, es causado por ese viaje a través del mundo interno. Vemos nuestras ideas, opiniones y juicios desde un punto de vista panorámico, y nos podemos dar cuenta de que simplemente son consecuencia de una serie de condicionamientos (educación, cultura, experiencias pasadas, etc.) e incluso llegar a sentir un poco de lo que somos realmente, más allá de las capas de la cebolla. Aún así, y como ocurre con el cannabis (que también se puede considerar un alucinógeno suave), esta alteración y turbulento viaje por los planos de nuestro ser puede llevarnos a proyectar en nuestra conciencia conceptos e imágenes de nuestro subconsciente y mezclarlos. Así, nos provocan fuertes alucinaciones, porque creemos como reales cosas que no lo son porque las imaginamos, transmutamos pensamientos e ideas internas con realidades físicas externas.

Una mención también merece MDMA, más comúnmente llamado éxtasis, que llevan nuestras pastillas y nuestro cristal. Éste saca literalmente todo el éxtasis que vive dentro de nosotros, nos hace experimentar la alegría y el júbilo de la existencia y nos lo pone a flor de piel. Sentimos toda nuestra realidad con más amor, con más placer y con más entusiasmo en definitiva. Pero, como llegué a pensar una vez, todo ese amor, alegría, placer y júbilo solo son un “préstamo”, pues cuando cesa el efecto, todo el placer y alegría se convierten en una especie de sufrimiento y depresión anímica, el bajón. Estudios científicos incluso han demostrado que su uso durante largo tiempo afecta gravemente en la producción de serotonina en nuestro cerebro pudiendo llegar a producir depresión crónica como secuela.
Por último tenemos a las drogas que nos estimulan o nos relajan, como la cafeína, teína, cocaína, los derivados amfetamínicos (speed) o el opio en el bando de los relajantes. Estas substancias nos muestran tanto nuestro poder para sacar la energía de nuestro cuerpo como el placer de relajarlo. Podemos meternos espid, coca, tomarnos unos cafés, y ver como nuestro ánimo sube, nuestro buen humor, y nuestras ganas de hacer se intensifican. Al igual, consumiendo opio (o sus derivados) sentimos el placer que nos produce relajar todo nuestro cuerpo y nuestra psique y disfrutar de ese momento de calma. No obstante, este tipo de substancias, una vez bajan, también producen el efecto contrario, y mucho más con un uso continuado. Nos metemos coca, y cuando pasan los efectos nos da un bajón terrible, al igual que con el café, o el espid; y tenemos que elegir entre seguir consumiendo o aguantar esa desmotivación. Además, cuando siempre dependemos de una substancia para relajarnos o para motivarnos, desaprendemos la forma mediante la cual podemos llegar a estos estados por nuestra cuenta, y siempre dependemos del estimulante para estimularnos y del relajante para relajarnos, si no, estamos desmotivado o ansiosos (respectivamente).
Substancias tan solo. Tienen un principio y un fin, y cuando las volvemos a consumir, vuelve a ser lo mismo, tienen unos límites. Y, en cierto modo, si seguimos consumiéndolas, también nos limitamos a nosotros mismos. Ellas simplemente estimulan en nosotros procesos que viven en nuestro interior, y cuando su efecto acaba, nos lo quitan todo. Pero esos procesos nos gustan, y “erróneamente” volvemos a buscarlos volviendo a consumir nuestras substancias favoritas. Pero vuelve a ser lo mismo, la misma estimulación sintética, no nos aportan nada nuevo porque son FINITAS. Finitas porque tienen cientos de límites, ocupan un determinado espacio, cuestan un determinado precio, pesan un determinado peso, sus efectos duran un determinado tiempo… Lo infinito en esas experiencias no son las substancias, es nuestro ser interno, él si que es infinito, y en cierta manera omnipotente, y las drogas nos ayudan a conocer ese lado nuestro que vive aparentemente oculto.

El alcohol nos enseña nuestro poder para dejar a un lado la mente y seguir la intuición, no juzgar ni comernos el tarro, ser espontáneos y desinhibidos con los demás y con nosotros. El cannabis a sentir ese momento para encontrarnos con nosotros mismos y disfrutar de nuestra esencia y la calma de nuestro espíritu. El MDMA nos enseña que dentro de nosotros hay un éxtasis divino que lo abarca todo y que nos da el júbilo y la alegría constantes de vivir. Los estimulantes nos enseñan que cuando hay algo que queremos podemos sacar todas nuestras granas, nuestro potencial, toda la energía de nuestro ser para llevarlo a cabo, por difícil o costoso que sea. Los relajantes nos enseñan que podemos encontrar momentos de calma para estar a gusto con nosotros mismos en un sosiego y equilibrio sin límites.
Y por último… los enteógenos… Ellos son los que de la forma más vasta nos muestran todo el potencial de nuestro ser, nos enseñan que tenemos la capacidad de comprenderlo todo y abarcarlo todo sin límites porque nos pone en contacto con esa parte ilimitada de nosotros mismos. Personalmente me enamoré del LSD porque en cada viaje me enseñaba que yo tenía el PODER, que conscientemente podía crear la realidad a mi alrededor. Sus buenos viajes me enseñaron que el pensamiento positivo crea la realidad positiva y da el placer más absoluto; los malos viajes me enseñaron que viendo los sucesos de la vida de forma negativa se crea una realidad negativa y la depresión y auto-odio más asfixiantes, en esencia, que todo depende del cristal con el que lo mires. Más aún, todas las experiencias, tanto las buenas como las malas me mostraron que podía comprender la existencia, así en cierta manera, puedo decir que me han abierto la puerta para esa sabiduría absoluta. Pero solo es abrir la puerta.
Las drogas nos muestran que tenemos el poder… pero una vez lo sabemos, debemos darles las gracias y dejarlas, para desarrollar ese poder por nosotros mismos. Tenemos el poder de divertirnos, desinhibirnos, excitarnos, sentir el placer, relajarnos, COMPRENDER, en resumen, de hacer todo lo que queramos.
Así, alegre lector del lagarto psicotrópico, te invito a que mires ese efecto que te produzcan tus substancias favoritas, lo analices, y te des cuenta de que vive en ti, y de que puedes sacarlo siempre que quieras sin sufrir los efectos negativos de la droga, solo tienes que querer ponerlo en practica y hacerlo. Ella te enseñó que tu puedes, ahora, debes hacerlo De Verdad, entonces descubrirás lo que es disfrutar de cada momento con la intensidad más vasta. Ni siquiera necesitas probar la droga para abrir la puerta, solo tienes que querer encontrarla y perseverar en cada momento para llegar hasta el final, porque querer es poder, y la constancia construye maravillas. Sentirás así el mejor pelotazo que existe en el mundo… la vida misma, sin efectos secundarios ni bajones… tan solo los que tú elijas.

Yo solo estoy empezando a descubrirlo, pero se que estoy destinado a saber muchísimo más, porque la curiosidad por conocer y experimentar me llama. Y cuando algo te llama la atención, algo aparece en tus sueños, algo te hace disfrutar… es porque estás destinado a ese algo. Esto es porque hemos venido a este mundo para disfrutar, para disfrutar de cada instante, por eso, si algo te gusta, si con algo te sientes feliz, es porque ese es tu camino. Y no te pases la vida PENSANDO en lo que “debes ser” o “debes hacer” y simplemente sé y haz, que así caminarás el camino, y no te pasarás la vida buscándolo…
¿Nunca has oído la expresión budista de la vida contemplativa? Nuestra existencia es un tránsito, un tránsito por el cosmos. Se nos da un cuerpo, una mente, un país, una región, unos padres, unas creencias, unas filosofías y religiones, una infancia, unos amigos, unas relaciones, unos encuentros, unos amores, unos miedos, unas alegrías, unas luchas, unos dolores… Todo se nos da, y al fin y al cabo ya estaba escrito que debíamos pasar por todo ello… entonces dejemos de juzgar y contemplemos, dejemos de calentarnos la cabeza por lo que debería de ser, pues nunca será. El debería de ser no existe, no es una “realidad” solo es una ilusión, una pérdida de tiempo. Concentrémonos en contemplar y disfrutar de todo lo que se cruza en nuestra vida. ¿Quién te ha dicho a ti que no puedas disfrutar del dolor? Mira a los sadomasoquistas lo bien que se lo pasan azotándose JAJAJA. Eso es lo único importante, disfrutar de lo que tenemos y luchar por lo que queremos. No quedarnos sentados hablando de lo mal que lo hacen los demás, o castigándonos pensando en lo mal que lo hemos hecho nosotros… Porque malgastamos nuestra energía, y no la ponemos en nuestro favor, que es donde debe de estar.
Por eso dentro del colectivo de los arbustos hay muchos más problemas, es un vegetal más conflictivo. Aalgunos, viéndose rebasados por sus propias ramas, desearían con todas sus fuerzas nunca haber desarrollado ningún brote, y ser largos juncos cuyo camino es unidireccional, sin pérdida alguna. Hay casos, incluso, en que los mismos arbustos han renegado de su propia especie, pues al ver nacer nuevos brotes de ilusión en sus tallos, los han odiado y abandonado, dado que el hecho de gastar energía en el crecimiento de las ramas resta para el crecimiento en altura, y les parece que el cultivo de las ramas es “una pérdida de tiempo, y solo trae problemas”. El error que comenten es que ese camino tampoco es el correcto para ellos, pues son arbustos, no juncos, el hecho de engañarse a si mismos solo les lleva al dolor. Al no querer nutrir y crear con sus ramas produce que éstas se sequen y enfermen todo su ser.
Un saludo a todos aquellos que vean sus ramas brotas y estén en el infinito dilema de cuánto las deben alimentar, y cuanto deben centrarse en el camino unirideccional preestablecido.

